| 2. Santa María, Madre y Corredentora con Cristo Jesús creció, entre María y José, en un ambiente lleno de amor sacrificado y alegre, de protección firme y de trabajo.
Más tarde, durante su vida pública, salvo el milagro de la conversión del agua en vino, los Evangelistas no señalan que María estuviera presente en ningún otro milagro.
Tampoco mencionan si estuvo presente en los momentos en que las gentes desbordaban entusiasmo por su Hijo.
Pero allí está en el desprecio del Gólgota: junto a la cruz de Jesús estaba su Madre (Juan 19, 25), nos dice el Evangelio.
Dios la amó de un modo singular y único. Sin embargo, no la dispensó del trance del Calvario, haciéndola participar en el dolor de su Hijo como nadie; así fue profetizado por el anciano Simeón: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!” (Lucas 2, 25-35).
… La Virgen no sólo acompañaba a Jesús, sino que estaba unida activa e íntimamente al sacrificio que se ofrecía en el altar de la Cruz.
Por eso, podemos decir que en cada Misa, en la que se ofrece al Padre el sacrificio inmaculado de Cristo (Malaquías 2, 11), se encuentra María, igual que aquel viernes junto a la Cruz.
Desde la Cruz, Jesús confía su Cuerpo Místico, la Iglesia, a Santa María, en la persona del “discípulo a quien amaba”. Sabía que constantemente necesitaríamos de una Madre que nos protegiera, que nos levantara y que intercediera por nosotros.
María aparece particularmente cercana a la Iglesia, porque la Iglesia es siempre como su Hijo: primero Niño, y después Crucificado y Resucitado, como expresa Karol Wojtyla, en su libro “Signo de contradicción”.
“Jesús, viendo a su Madre, y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan, 19, 26-27).
Cristo nos ha dado la filiación divina, haciéndonos hijos de Dios y nos ha hecho hijos de María. Meditemos en “he ahí a tu hijo”… la Virgen ve en cada cristiano, en cada uno de nosotros, a su hijo Jesús.
Y nosotros podemos encontrarla cada vez que celebramos o participamos en la Santa Misa, en la que por voluntad del Padre y cooperando con el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora.
En ese insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de nuestra Madre Santa María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo.
La Virgen corredime junto a su Hijo en el Calvario, pero también lo hizo cuando pronunció su fiat al recibir la embajada del Ángel, y en Belén, y en el tiempo que permaneció en Egipto, y en su vida corriente en Nazaret.
Como Ella, también nosotros podemos ser corredentores todas las horas del día si las llenamos de oración, si trabajamos a conciencia y si vivimos una amable caridad con quienes nos rodean.
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