Jesucristo Sacramentado

Virgen Santa Maria de Guadalupe

¡Adorado sea el Santísimo Sacramento!    ¡Ave María Purísima!

Adoración Nocturna Mexicana

Parroquia Santa Isabel de Hungría

Hermosillo, Sonora, México, jueves 24 de abril de 2014
 
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El Apóstol Santo Tomás

y nuestro testimonio de fe

Meditación y Reflexiones Cristianas: El Apóstol Santo Tomás y nuestro testimonio de feEl primer día del mundo nuevo, aquél domingo en que resucitó el Señor, Él viene a confortar a sus más íntimos: “... les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»” (Juan 20, 20-21).

Tomás no estaba presente, no pudo ver al Señor ni oír sus consoladoras palabras. ¡Hemos visto al Señor!, le dijeron los demás. Pero Tomás estaba profundamente afectado por lo que había sucedido: ¡la Crucifixión y la Muerte del Maestro! Tomás pensaba que el Señor estaba muerto, aunque los demás le aseguran que vive: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20, 25).

Y en efecto: para muchos hombres y muchas mujeres, Cristo es como si estuviera muerto, no cuenta en sus vidas; viven como si esta vida fuera todo cuanto hay. Pero nuestra fe en Cristo resucitado nos impulsa a decirles de mil formas diferentes que Cristo vive, que nos unimos a Él por la fe y lo tratamos cada día, que orienta y da sentido a nuestra vida. Así contribuimos personalmente a edificar la Iglesia, como los primeros cristianos.

Ocho días después, Jesús se aparece de nuevo a los Apóstoles. Tomás estaba con ellos. El Señor le dice: “Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel” (Juan 20, 26-27). La respuesta de Tomás es un acto de fe, de adoración y de entrega sin límites: ¡Señor mío y Dios mío! Su fe brota, no tanto de la evidencia de Jesús, sino de un dolor inmenso. El Amor lo lleva a la adoración y de vuelta al apostolado.

La duda inicial de Tomás ha servido para despejar dudas y confirmar la fe de los que más tarde habrían de creer en Jesucristo. Si nuestra fe en Él es firme, también se apoyará en ella la de otros muchos, para lo cuál es preciso que vaya creciendo de día en día, que aprendamos a mirar los acontecimientos y las personas como Él las mira, y que nuestro actuar en el mundo esté vivificado por la doctrina de Jesús. “¡Señor mío y Dios mío!” Estas palabras de Tomás pueden ayudarnos a nosotros a actualizar nuestra fe y nuestro amor a Cristo resucitado, realmente presente en la Hostia Santa.

La Resurrección del Señor nos llama a que manifestemos con nuestra vida que Él vive: “Ya no soy yo quien vive, Tú eres Quien vive en mí... Tu Espíritu mora en mí y mi espíritu mora en ti” (Canto “In Persona Christi”, www.adorasi.com/musica/in-persona-christi.php).

Para confesar nuestra fe con la palabra es necesario conocer su contenido con claridad y precisión. Muchos cristianos han olvidado lo esencial del contenido de su fe o se han conformado con la catequesis de antes de su primera comunión, estructurada para la comprensión infantil. Pero debemos progresar en la fe, y ser un cristiano maduro, un maestro (Hebreos 5, 12-14).

Por eso, la Iglesia nos insiste en el estudio del Catecismo: “Y lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento, con que podáis aquilatar lo mejor para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo, llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.” (Filipenses 1, 9-11).

Tomás cometió el error de ausentarse de la Iglesia. Nadie está peor informado que el que está ausente. Separarse de la comunidad de los creyentes es exponerse a graves fallas y dudas de fe. Pero él, además de que se reintegró, tenía una gran cualidad: se negaba a creer sin más ni más, sin estar convencido, y a decir que sí creía, lo que en realidad no creía. El no apagaba las dudas diciendo que no quería tratar de ese tema. No, nunca iba a rezar el credo como un loro. No era de esos que repiten maquinalmente lo que jamás han pensado y en lo que no creen. Quería estar seguro de su fe.

Y Tomás tenía otra virtud: que cuando se convencía de sus creencias las seguía hasta el final, con todas sus consecuencias. Por eso hizo esa bellísima profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. Por eso se fue después, de acuerdo a la tradición cristiana, a propagar el evangelio por Persia y la India, obedeciendo el mandato del Señor: “Como el Padre me envió, también yo os envío”, hasta morir martirizado por proclamar su fe en Jesucristo resucitado.

Bendigamos aquellas preciosas dudas de Tomás, porque obtuvieron de Jesús aquella bella noticia: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Juan 20, 29). Pidamos a la Virgen, Asiento de la Sabiduría, Reina de los Apóstoles, que nos ayude a manifestar con nuestra fe, nuestro testimonio de vida y nuestras palabras, que Cristo vive.

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